Comunicación

Identidad

¿madre, lengua o designio?

 


#10 Identidad

Dicen que los gobernantes, sacerdotes y sabios nativos de los Andes, cuando la conquista ya era irreversible, se reunieron y dictaminaron que el conocimiento y la riqueza cultural tendrían que protegerse. Designaron entonces a los guardianes del conocimiento para que celosamente, durante la noche de los tiempos, guardaran y transmitieran, de generación en generación, la sabiduría milenaria de los Andes. En su momento ella volvería a la luz.

 

¿Madre o padre patria?

Durante 500 años, la explotación y el etnocidio en América han sido tal por parte del sistema dominante de turno que el proceso de mestizaje no puede darse desprovisto de dolor, resentimiento y caos.

El choque de dos culturas, cosmovisiones y sistemas cuya distancia es tan grande como el Atlántico no ha atenuado su onda expansiva. Esta sigue transmitiendo sus efectos telúricos y emerge a la superficie de la historia al cabo de 500 años.

El mestizaje, se percibe progresivamente como algo más que una simple mezcla híbrida de dos culturas. Empezamos a percatarnos de manera generalizada de que lo sucedido hace 500 años más que una armoniosa conjugación de dos mundos, fue un catástrofe cultural quizás sin precedentes en la historia. Nuestra educación ha ignorado importantísimas facetas de los últimos siglos.

Se habla de mestizaje y de un mundo mestizo. Pero poco se analiza el fenómeno como algo interno, vívido y cotidiano. Es indudable que cada uno de nosotros pretende ser occidental y dejar relegada su mitad andina. Pero es como querer tapar el sol con un dedo. El conflicto está latente en nuestro fuero interno.

Decimos: somos mestizos y estamos contentos de aceptar nuestro lado indígena cuando comemos guatita, llapingachos o vamos a ver los toros de pueblo. Pero nuestro compromiso con el mestizaje a menudo termina allí. Ni la educación, ni la lengua, ni nuestra espiritualidad se asumen con el respeto y el compromiso necesarios.


La cultura india, indígena o nativa es nuestra cultura madre. De España llegaron unos "padres" de quienes, por sus atrocidades, no deberíamos estar necesariamente orgullosos. La verdadera madre, la madre patria, la madre tierra, y la madre biológica es de aquí.

 

¿Reino de Quito,
Tahuantinsuyu, o…?

Demasiados intelectuales, al hablar de identidad, se refugian en un esquema de pensamiento o paradigma, en último término, también occidental. Nos dicen: acá no hubo una nación, ni un pueblo integrado. No hubo una confederación quiteña, éramos simplemente una serie de cacicazgos independientes. ¡Qué visión más reducida de la historia!

Y cuando hablan de los Incas, sus argumentos son igual de ridículos como oficiales: fueron imperialistas que, unos 50 años antes de la conquista española, nos conquistaron con violencia y nos impusieron su sistema. Casi parecen historiadores pagados por la Corona de España.

Ignoran que nuestra identidad no está necesariamente ligada a un espacio geográfico o político llamado Ecuador sino más bien a una vasta y profunda matriz andina, de la cual emergen las diversas lenguas, sus formas políticas, económicas y hasta religiosas específicas.

La nación, a la cual nos debemos referir, y que une a todas nuestras etnias, cacicazgos o naciones, es un tejido cultural casi tan orgánico y vivo como lo que une a nuestros páramos con la selva amazónica o con nuestro mar.

Si de un espacio político se tratara, los israelitas apenas tuvieran una identidad de unos 50 años. Y si de la lengua, una gran parte de los judíos tiene otra lengua materna que el hebreo. Muchísimos la han tenido que aprender. Eso no los hace menos hebreos.

Al hablar de identidad, ser ecuatoriano o peruano tampoco es la clave; nunca lo fue, ni en la época de los Incas, ni en la conquista.

Sin renegar de otros elementos de nuestra identidad, la clave está primero en SER ANDINOS. Es sencillamente una cuestión de prioridad.

Para una cultura milenaria tan rica, robusta y resistente como aquella que surgió y se desarrolló por miles de años en estas tierras, los últimos cinco siglos han sido devastadores.

A pesar de todo, la esencia andina, su genética ligada al Ande y al aire de estos paisajes está mas vital que nunca. La cultura madre, la andina, lleva su parte esencial. En esta tierra vivimos y es a ésta a la que nos debemos.

 

El primer mestizo

Mamagu . ¿Qué soy? No soy como los mashis , ni como taita. No soy como los demás. ¿Por qué? Dime por qué madrecita. ¿Porque los runas me rechazan? Hay algo en mí que no es de esta tierra.

Dicen que taita blanco tengo. ¿Es cierto eso? ¿Es cierto eso mamagu?

Carga de siglos. Resentimiento de bastardos. Herida a flor de piel. Aquella primera madre se quedó para siempre en el corazón. Su dolor se transmitirá y nos hará sufrir. Nos hará despreciar nuestro color.

Las mujeres fueron sagradas. Un runa , como cualquier padre, amaba a sus hijos y no los maltrataba

El mundo andino, en sus orígenes era esencialmente nativo y los españoles llegaban como unos intrusos raros que tomaban por la fuerza la riqueza, la cultura y las mujeres. Fruto de una brutal violación es nuestro primer mestizo.
Aquel niño no fue ni deseado ni bienvenido. Era un bastardo sin padre, rechazado por sus congéneres. Probablemente nunca aprendió el español.

¿Podemos imaginar el impacto, entre los primeros mestizos, de ser biológicamente mezclados, hijos de un extraño invasor español que por doquier se imponía con una brutalidad inhumana y de una madre indígena ultrajada?

¿Podemos acaso imaginar la terrible encrucijada del mestizo haciéndose su espacio entre una sociedad andina y materna, que fue muy rica y próspera, pero que poco a poco se va opacando y el naciente mundo de sus padres españoles que llegan de muy lejos con enorme codicia y con toda la intención de imponerse?

Difícilmente podemos imaginar el dolor, el sufrimiento y la violencia de aquel encuentro y del consecuente mestizaje en toda la fuerza de aquel primer impacto.

Nuestra primeras madres fueron indias, y de ellas solas nos llega en, desde lo más profundo, nuestro bagaje cultural andino.

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